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Origen de las cervezas de monasterio

El monje cervecero

Durante la Edad Media tuvo lugar el origen de las cervezas de monasterio. El origen último de las que hoy solemos conocer como cervezas de abadía y cervezas trapenses. Parecen lo mismo pero no lo son. Pues es en los monasterios donde nació una auténtica “industria cervecera”. Con las limitaciones y matices inherentes a tan oscura época, claro. Aunque ahora que lo pienso… ¿qué etapa de la Humanidad no ha tenido sus luces y sus sombras?

Dejemos la filosofía para los expertos. Centrémonos en lo nuestro. Veamos. En los cenobios, los monjes copiaban los antiguos manuscritos y así mantenían viva la llamita del saber en Occidente. Que falta hacía. Los hermanos de las distintas abadías intercambiaban información entre ellos y tenían todo el tiempo del mundo para acometer sus pesquisas con la indulgencia necesaria. Cuando moría un monje, no faltaba un sustituto que inmediatamente continuaba con las investigaciones del fallecido. En cualquier campo. También en el de la fabricación de la cerveza.

Como los monasterios poseían riquezas sin cuento, la financiación no parecía ser problema. Ni siquiera en la investigación de nuevas técnicas cerveceras. Así el monje maestro cervecero podía dedicarse a sus tareas sin prisa y a veces sin pausa. La cerveza fue siempre un excelente alimento para los monjes. Y también la bebida ideal para el asueto de los fieles. Si el monje cervecero de una abadía demostraba probada maestría en su producto, aportando calidad y originalidad, el centro monástico alcanzaba más y más fama y terminaba atrayendo a más almas perdidas necesitadas de redención. Así la cerveza favorecía el desarrollo y expansión de la fe en los alrededores. Que por cierto, era la razón de ser principal de los conventos medievales.

La abadía de Saint Gall

Según la documentación disponible, el origen de las cervezas de monasterio tuvo lugar hacia el siglo IX. Si no antes. Lo acredita el plano de la abadía suiza de Saint-Gall, trazado en el año 820. En él se puede apreciar la existencia de tres talleres y una maltería dentro del recinto monacal. Documento que atestigua el nacimiento de una incipiente industria cervecera monacal.

En aquellos tiempos lejanos se fabricaban hasta tres tipos de cerveza en los conventos. La prima melior estaba destinada a los monjes y a los huéspedes importantes. Esta era la cerveza de mejor calidad fabricada intramuros. Algo más suave era la seconda, que se ofrecía a los peregrinos que pasaban por allí a orar sobre la tumba del santo. La última se ofrendaba a los peregrinos que pasaban sin detenerse más que lo justo para aplacar la sed a costa de la generosidad de los hermanos del convento.

Reglamentación

Cuando se regula alguna actividad es porque los que rigen los destinos de las comunidades humanas tienen fundadas razones para ello. Mis administrados se salen de madre y hay que meterles en vereda. Y es que los monjes debían pimplar cerveza lo suyo, descuidando un tanto sus reconocidos deberes clericales. En 817, el concilio de Aquisgrán reglamentó el uso y consumo de cerveza. Y no solamente eso, sino que además prohibió la cerveza de vino, que debía estar muy en boga para atemperar los males que aquejaban a frailes de tan probada bonhomía. Al menos mientras durasen los efectos de tan prodigiosa mixtura alcohólica.

Años más tarde, esta juiciosa normativa debía haberse olvidado casi del todo, pues en el concilio de Worms se limitó el consumo de cerveza a las jornadas festivas, bastante numerosas por otra parte. Pero no es que fuesen fiestas profanas. Eran fiestas religiosas, y era la propia Iglesia la encargada de promoverlas e insertarlas en el calendario. Y de mantener viva su llama.

La Iglesia mandaba, y de qué manera, en los siglos medievales. Después también. Incluso ahora aunque parezca mentira, pero algo menos. En apariencia. El caso es que manejaba tanto la situación que lo hacía en todos los aspectos cotidianos de la vida del sufrido hombre altomedieval. También en el mundo de la cerveza, pues dominaba casi totalmente el rentable comercio cervecero.

Los aromatizantes

Cuando apareció el gruyt, los monjes comenzaron a cobrar por la cerveza que ofrecían en sus establecimientos monacales. No debió ser barato incorporar a sus brebajes este condimento. El gruyt es la mezcla de hierbas que aromatizó la cerveza antes del empleo generalizado del lúpulo. Además aumentaba el tiempo de conservación de la bebida, al tiempo que le proporcionaba también un sabor picante.  Las hierbas más utilizadas para confeccionar esta prodigiosa mezcla eran mirto de Brabante, plantas ericáceas, romero silvestre, enriquecidas en ocasiones por bayas y resina. Cuando se fue introduciendo el lúpulo como conservante y aromatizante, la Iglesia fue perdiendo una importante fuente de ingresos. E influencia. Inadmisible.

Como lógica reacción, las jerarquías eclesiásticas acusaron a la inocente planta cannabacea (¡pues sí, como el archiconocido cannabis!) de diabólica y de envenenar a los incautos y malos cristianos que trasegasen bière (la cerveza aromatizada con lúpulo) en lugar de la tradicional cervoise (aromatizada con gruyt). ¡Y lo mismo hasta te acusaban de brujería! ¡Pues menudos eran los frailes!

Asalto al comercio de la cerveza

El origen de las cervezas de monasterio no parecía tan lejano cuando los señores laicos (urbanos y feudales) comenzaron a interesarse por el apetitoso negocio del comercio de la cerveza, hasta entonces en manos de los píos eclesiásticos. No era para menos. Olisquearon un negocio hasta entonces monopolio del clero. Y se pusieron manos a la obra para asaltarlo. En el año 974, el emperador Otón II concedió el privilegio de fabricar cerveza a la ciudad de Lieja. Algún avispado consejero debió advertir al monarca de que a más fabricantes de cerveza civiles, mayor rentabilidad para las arcas del poder seglar. Porque en las rentas eclesiásticas no había quien metiese mano. Salvo las propias jerarquías de la Iglesia, obviamente. Y éstas eran muy celosas de su incontestable influencia. Como todos…¡qué demonios!

Los fabricantes de cerveza “civiles” conspiraron para eliminar paulatinamente la industria cervecera de los monasterios, a los que acusaban de competencia desleal. Los cerveceros profanos se veían en la tesitura de pagar un alto precio por adquirir cebada. A lo que se sumaba el pago del impuesto por consumo de agua o soportar las crueles trapacerías de los inspectores reales y nobiliarios. Y pagar más impuestos todavía por cada transacción efectuada con el producto acabado. Problemillas de los que los fabricantes monacales carecían, habida cuenta de sus muchos privilegios de toda índole.

Poco a poco la Iglesia comenzó a ceder terreno ante tan feroz presión. Comenzaron entonces a dedicarse con más ahínco a la producción vinícola, que juzgaron más adecuada para sus intereses. En 1068 el obispo Teoduino concedió el derecho de fabricar cerveza a la ciudad de Huy (actual Bélgica). Años después hizo lo mismo el obispo Radboto con los productores de Tournai (Bélgica). Con medidas como éstas, desde el siglo XII los cerveceros profesionales civiles suplantaron definitivamente a los maestros cerveceros del clero regular. Los impuestos con los que gravaron los gobernantes la producción cervecera ya fuese laica o monacal, castigó con dureza a los monasterios, que ya no estaban en condiciones de fabricar cerveza de forma gratuita. Y provisionalmente cedió el testigo a la producción monacal de vino.

El origen de las cervezas de monasterio parecía anclado en la noche de los tiempos cuando comenzó el reinado de las corporaciones cerveceras, auspiciadas desde la cumbre del poder civil. Pero en realidad no había pasado tanto tiempo. Un par de siglos a lo sumo. Aunque los monasterios todavía no habían dicho su última palabra. Pero esta es otra historia.

Por Diego Salvador Conejo

 

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