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Mujer cervecera sacerdotisa y hechicera

La mujer cervecera de la Europa pagana

Si es la mujer la que se encarga de elaborar la cerveza en los tiempos de Maricastaña, es el hombre quien se la bebe. Mujer cervecera sacerdotisa y hechicera. Algunos elementos del sexo femenino están investidos de poderes sagrados y ocupa el centro de ciertos rituales mágicos. Sin ellos la cerveza carecería de todas esas virtudes que le atribuyen los varones.

Como en el resto del mundo, en la Europa pagana, la mujer fabrica cerveza y el hombre la trasiega en ingentes cantidades, lo que le convierte en miembro de una caterva de guerreros borrachos bailando. Y ambas actividades, elaboración y libación de este néctar de dioses, son dos caras de una misma moneda impregada de ritos y ceremonias en torno a una cuba de madera. Pero esto tiene sus riesgos. Si la mujer dejaba de fabricar cerveza (en razón de una huelga de brazos caídos, por ejemplo) o algo salía como no debía, los varones no podían reunirse alrededor del preciado bebercio y las cosas podrían ir mal. Las relaciones sociales de una comunidad podrían llegar a deteriorarse y montarse la de San Quintín si las mujeres no fabricaban cerveza.

La cerveza demandaba múltiples cuidados durante su confección, muy vinculados a las convicciones religiosas de la gente. Tanto era así, que la mujer, la preparadora del brebaje, podía invocar a los dioses y rogarles su apoyo para que todo el proceso saliese bien y mantuviese el equilibrio cósmico de la comunidad. Mujer, cervecera, sacerdotisa y hechicera. Un personaje de armas tomar e imprescindible en toda comunidad escandinava y germánica genuinas.

El rey Alrekr y sus esposas cerveceras

El legendario rey sueco Alrekr tenía una esposa, Signy. Pero se casó además con otra mujer, Geirhildr, que conocía como nadie el secreto de la buena elaboración de la cerveza. Las dos esposas no terminaban de entenderse. Entonces el rey decidió quedarse con aquella que hubiese fabricado la mejor cerveza cuando el monarca volviese de su pasatiempo favorito: la guerra. Ni corta ni perezosa Signy llamó en su ayuda a Freya, diosa de la fertilidad. Pero Geirhildr invocó al mismísimo gran Tuerto Odín, lo que ya eran palabras mayores. El padre de los dioses nórdicos prestó su propia saliva como fermento cervecero y aseguró así el triunfo de Geirhildr. El rey no buscaba la mejor “cocinera”, sino aquella mujer cuya cerveza atrajese más eficazmente el favor de los dioses.

Sirva este ejemplo para ilustrar el hecho de que en la Europa precristiana la fabricación de buena cerveza por parte de las mujeres distaba mucho de ser un mero asunto culinario. Entremezclaba política y religión. Y con la iglesia hemos topado, amigo Sancho. La mujer, en su calidad de cervecera, como elaboradora de cerveza, tenía el rol de sacerdotisa y hechicera. No todas, claro, pero sí las que destacaban en este importante cometido.

Cerveza, fecundidad y magia

En el denominado “caldero de Gunderstrup“, datado en el siglo II a.C. y hallado en Dinamarca, encontramos varios motivos iconográficos. En uno de ellos la imagen muestra a una mujer, una sacerdotisa sin duda, en actitud de degollar a un hombre junto a una cuba, que suponemos llena de cerveza. ¿La víctima era un prisionero o un voluntario? Pues vete tú a saber. Podría tratarse de cualquiera de los dos, pues siempre ha habido mucho fanático por ahí. El caso es que cuando la cerveza se mezclaba con la sangre de la víctima de un sacrificio, la mixtura se convertía en bebida ritual.

La cerveza aparece siempre muy vinculada a la mujer. Ligada a la fecundidad por su relación con los cereales, la cerveza se ofrecía a Freya. Y a través del misterioso proceso de la fermentación, conducía hasta arriba del todo, hasta Odín. La cerveza sacrificial y ritual se transformaba en una suerte de poción mágica, que simbolizaba la sabiduría del padre de los dioses escandinavo. Los poetas nórdicos ensalzaron constantemente a la mujer cervecera sacerdotisa y hechicera que preparaba la cerveza, así como al mismo brebaje fruto de su buen hacer.

La preparación de la cerveza, producto fermentado, se rodeaba de prácticas mágicas:

“Grimhildr me trajo

una copa de bebida

amarga y helada

para que olvide mis penas:

la había glorificado

con la fuerza de las plegarias,

del frío mar lozano

y de la sangre del puerco ritual.

Singulares maleficios

contenía esa cerveza;

toda suerte de hierbas del bosque

y bellotas quemadas,

brasas del fogón,

entrañas sacrificiales,

hígado de puerco cocido

pues aplacaba  el dolor”

(Gudrunarkvida, poemas escandinavos del siglo V)

En este poema nórdico perteneciente al ciclo del Gudrunarkvida (siglo V), cuya protagonista es una mujer, Gudrun, se adivina el retrato de la mujer cervecera sacerdotisa y hechicera. Un personaje que poseía un poder temible y que podía utilizarlo a voluntad de forma benéfica o perjudicial, según conviniese a sus intereses personales, o a las de las altas esferas. Los cristianos darán a esta figura femenina emblemática y poderosa un carácter maléfico y oscuro, origen en parte de las historias de brujas y del bárbaro tratamiento que las prodigaron.

Por Diego Salvador Conejo

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