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Las corporaciones de cerveza

Con la bendición de los monarcas, comenzó el reinado de las corporaciones de cerveza. Pero no adelantemos acontecimientos y veamos cómo se llegó a esta situación.

A partir del siglo X, la vida urbana tomó impulso en la vieja Europa. Y con ella nuevas exigencias. En esa vida ciudadana el individuo buscó apoyos en sus semejantes, dentro de un grupo en el que pudiese reconocerse. Ese colectivo fue el gremio.

Hacia el fatídico año 1000, aquél en el que luego no pasó nada realmente grave (aunque los más agoreros predecían el fin del mundo y la venida de Cristo), el norte de Europa había culminado su conversión al cristianismo. Más o menos. Porque hasta entonces la tradicional organización familiar nórdica giraba en torno a la cerveza. Y a otras cosas, claro, pero lo que unía verdaderamente a los hombres entre sí y con los dioses era esa deliciosa bebida sagrada. La cerveza era el centro de las fiestas paganas, pero con el advenimiento del cristianismo se le acabó el chollo, pues perdió su simbolismo ancestral. Y cedió terreno fente a los adoradores del vino.

Aunque nuestra bebida favorita dejó un hueco difícil de llenar en las festividades cristianas, no desapareció de la vida cotidiana. Faltaría más. Porque al fin y al cabo fue uno de los pilares de la organización gremial de la sociedad del norte de Europa. Dos de los primeros gremios de los que se tiene noticia son asociaciones de ayuda mutua y de solidaridad entre los habitantes de las ciudades. Nos referimos al Gran Gremio de Trondheim, en Noruega y al Gremio de Nuestra Señora, en Londres, surgidos durante el siglo XI. Este carácter solidario se reflejaba en el hecho de que cada miembro de la organización gremial escogía un “hermano de leche” y contraía la obligación de la venganza de sangre si fuese necesario.

Con el tiempo, el gremio se convirtió en un medio de defensa contra los abusos del poder. Los fuertes lazos solidarios establecidos entre los miembros de la cofradía se fueron desarrollando más y más hasta concretarse en una organización corporativa. El gremio se convirtió así en corporación, una entidad con personalidad jurídica propia que protegía a los individuos que la integraban.

Y con ellas comenzaron a aparecer también las corporaciones de cerveza. En Brujas se fundó la Franca Corporación en 1303. En Lieja, el Maestrazgo de Cerveceros en 1357. Ingresar en dichas corporaciones no era nada sencillo. Se investigaba a conciencia al candidato, que debía poseer un historial familiar y de sangre inmaculados. Y por supuesto una religiosidad intachable. No se admitían ni bastardos (¡qué culpa tenía los pobres de serlo!), ni concubinos (había que pasar por vicaría, y nunca mejor dicho) ni excomulgados. Los afortunados que lograban meter la cabeza en la corporación, lo hacían como aprendices de cervecero. Se les exigía un certificado de buenas costumbres. Y una tasa por inscribirse en el grupo corporativo. Había que mantener la estructura organizativa. Y a los mandamases del grupo, que por supuesto existían. Como es menester en toda comunidad humana que se precie.

Durante el reinado de San Luis en Francia (uno nunca sabe a que se debió esa curiosa costumbre de santificar a los reyes en el siglo XIII) cualquier súbdito podía fabricar cerveza. Siempre y cuando respetase la normativa vigente, claro.

En 1489 la reglamentación estableció que solamente podían ejercer el oficio de cervecero profesional los que tuviesen la experiencia suficiente en el sector, a juicio de sus pares. Con el tiempo se endurecieron las condiciones. En 1514 había que hacer un curso práctico de tres años en París si un campesino quería ejercer de cervecero en la ciudad del Sena. El examen final consistía en elaborar en una sola jornada seis sextarios de bebida. Un sextario es una medida para líquidos utilizada por los romanos. Equivale a 0,5468 litros.

Con la puesta en marcha de las corporaciones de cerveza se controló no sólo la cantidad de bebida producida, sino también la calidad. De muestra un botón: el 1 de mayo de 1550 se promulgó en Artois una ley que prohibía a los cerveceros de la región mezclar cales y jabones con el resto de ingredientes. Y si esto se reguló es porque indudablemente la mala praxis existía.

En 1625 se creó en Francia por orden real un cuerpo de visitadores y controladores de cerveza. Algunos de sus métodos de comprobación de la calidad de la cerveza, eran cuando menos, curiosos. Por no decir estrafalarios. Véase si no. Algunos inspectores llegaban al local a cumplir con su importante cometido y no se les ocurría otra cosa que verter cerveza sobre un taburete. Y se sentaban sobre él. Después de una hora, si al levantar las posaderas del escabel el calzón se quedaba pegado, significaba que la cerveza era de buena calidad. Y aprobaban su consumo.

Esto sucedía en Francia. Porque en Inglaterra, la misma prueba servía para que el veedor comprobase malas prácticas en el fabricante, pues consideraba que se había cometido fraude con la densidad. Para gustos, los colores. También es cierto que en Inglaterra es costumbre consumir la cerveza tibia. Vamos, que cada cerdo tiene su sanmartín. O algo así. Con el tiempo, las poderosas corporaciones de cerveza dieron paso a verdaderas industrias cerveceras. Pero esa es otra historia, como se suele decir.

Por Diego Salvador Conejo

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