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El origen de la cerveza

En el principio…

El origen de la cerveza se pierde en la noche de los tiempos. Desde que el ser humano recolectó frutos y cultivó cereales, aprendió a hacer cerveza. Claro que esta es una afirmación que se basa en testimonios totalmente indirectos. Aunque no creo que haya manera de desmentirla.

En realidad, el primer indicio escrito sobre el origen de la cerveza data de la civilización sumeria, que nació en los fétiles valles mesopotámicos meridionales, junto a las desembocaduras de los ríos Tigris y Eufrates, en lo que se denominó El Creciente Fértil, allá en Oriente Próximo. Y de eso hace ya más de 5000 años. Por tanto la cerveza tiene al menos una historia de 5000 años.

El hombre cazaba y la mujer… hacía cerveza…

Como decíamos, el ser humano aprendió a hacer cerveza antes de los tiempos de Maricastaña. Fijaos, si no. Antes incluso del Neolítico y la domesticación de las plantas y animales, el varón cazaba. Pero no sólo el producto de la actividad cinegética era consumida por los ceñudos miembros de las bandas errantes de humanos prehistóricos. Pues mientras esperaba al regreso del hombre con la manduca (si es que regresaba), la mujer recolectaba, o eso dicen los sesudos prehistoriadores y arqueólogos.

La mujer paleolítica recogía, conservaba, desenterraba y descortezaba todas las partes de las plantas que caían en sus manos. Algunos de estos vegetales mandaban de manera fulminante al otro barrio a algún miembro de la familia, pero esto, con algo de cordura y sentido común, llegó a aprenderse. Que para eso el ser humano pensaba. Y generación tras generación se fue desechando lo malo y seleccionando lo bueno. Se descubrió lo que dice un popular refrán que procede de entonces: lo que no te mata, te engorda. El fruto de las recolecciones se cocía a veces en agua, generando toscas sopas que fermentaban y que poseían un fuerte sabor, amargo y áspero. Pero estos caracteres organolépticos también se fueron suavizando y depurando tacita a tacita. A gusto del consumidor.

Los vegetales recolectados en primavera y verano se almacenaban para cuando viniesen las vacas flacas, que inevitablemente, aparecer, aparecían. No siempre, pero solía ser norma bastante habitual. Según se va aprendiendo a cultivar cererales, la gente se va haciendo más sibarita y exigente (dentro de un orden, por supuesto), y va aprendiendo a “cocinar”. Aquellos caldos primigenios antaño tan ásperos y de sabores tan ácidos dan paso a sopas más suavecitas.

Una gourmet neolítica

La mujer, ahora neolítica, que sabe mucho de fermentaciones ácidas (aunque no sepa cómo funciona realmente el invento, pero ni falta que la hace), poco a poco descubre algo que se llama fermentación alcohólica, cuyo resultado final produce calorcillo y bienestar al cuerpo al ingerirse. Para mejorar el descubrimiento, se van probando nuevas sopas iniciales, temperaturas y levaduras silvestres, que son unos bichitos que provocan cambios sustanciales en los mejunjes primordiales.

Parece pues que el origen de la cerveza nada tuvo que ver con un cazo de sopa recalentado por el sol por algún descuido. No. Desde su nacimiento, para fabricar cerveza se utilizó la tecnología disponible en cada etapa de la Historia. O de la Prehistoria, como acabamos de comprobar. La fabricación de cerveza se ha ido depurando y diversificando con ayuda de la experiencia acumulada por incontables generaciones de seres humanos y sus correpondientes ensayos de prueba y error, prueba y error… y así ad eternam…

Por Diego Salvador Conejo

 

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